El TDAH y la evaluación
 Los niños con TDAH sufren varias combinaciones de fallos en el funcionamiento escolar, en casa y con los compañeros. Los problemas escolares incluyen necesitar adaptaciones o estar en cursos inferiores a lo esperado por edad, obtener menos puntuación de la esperable en tests de inteligencia y de habilidades causada por vacíos en el aprendizaje o por problemas de rendimiento debidos a los propios síntomas del TDAH, dificultades en los exámenes por la inatención y la impulsividad, o fallos para completar o entregar las tareas para casa, pudiendo llegar a tener que repetir cursos. Las dificultades o su combinación con otros trastornos suele llevar a roces con estudiantes, compañeros, profesores y padres. El resultado puede ser ocupar lugares especiales en clase, suspensiones o incluso la expulsión del colegio. Los compañeros frecuentemente rechazan al niño con TDAH debido a las agresiones, la impulsividad y el no someterse a las normas o a las reglas en los juegos.
Los niños con TDAH son más habladores, desafiantes, menos cooperadores, más demandantes de la atención de los demás y menos capaces de entretenerse, lo que lleva a un círculo vicioso con los padres en el cual estos responden menos a las demandas del niño, son más negativos y directivos y tienden a valorar menos sus conductas positivas, por lo que las recompensan menos y no favorecen su persistencia (debe señalarse que estos niños tienden a ser menos problemáticos con los padres que con las madres). Así, las familias de los niños con TDAH presentan mayores niveles de estrés, reducen sus contactos fuera del círculo familiar más próximo y tienen más conflictos, lo que lleva a una sensación de soledad y abandono, tasas altas de separación y mayor frecuencia de síntomas depresivos (sobre todo en las madres).
Los niños con TDAH en los que predomina la falta de atención se caracterizan más que los TDA con hiperactividad (tipo combinado) por "vagar o flotar por el espacio", "soñar despiertos", ser socialmente inhibidos, repetir cursos, y presentar síntomas depresivos y ansiosos. Por otra parte, es más difícil que tengan problemas o que sean rechazados por sus iguales.
En principio, un 30-80% de los niños diagnosticados continúan teniendo síntomas en la adolescencia, y más del 65% en la edad adulta. La historia familiar de TDAH, y la existencia de trastornos de conducta, o afectivos aumentan el riesgo de persistencia de los síntomas.
La personalidad antisocial se ve en un 25-40% de los adolescentes y adultos remitidos de niños como TDAH, especialmente en niños con trastornos tempranos. Sin embargo, en algunos casos los problemas muy tempranos de algunos niños hiperactivos cesan en la adolescencia o en la vida adulta.
Los niños con TDAH "experimentan" con cigarrillos y drogas más frecuentemente que otros en la adolescencia. Además, los adolescentes con TDAH que consumen drogas desarrollan con más frecuencia trastornos por abuso de sustancias. Posiblemente, las drogas proporcionan un efecto subjetivo de disminución de los síntomas en los niños adolescentes no tratados. Posiblemente, este riesgo elevado de consumo de drogas esté precipitado también por la incomprensión y rechazo social y por las malas compañías.
Lo cierto es que estudios recientes han obervado cómo el tratamiento farmacológico precoz con psicoestimulantes parece ser un importante factor frente a un futuro abuso de tóxicos.
El cuadro clínico en adolescentes tiende a incluir inquietud, aunque el nerviosismo y levantarse del asiento en clase suelen estar presentes. Los desajustes de los adolescentes incluyen inatención, pobre control de los impulsos, pobres habilidades de organización, dificultades para elegir y mantener prioridades, resultando un menor rendimiento escolar, baja autoestima, escasas relaciones con iguales, y rendimiento errático en tareas. Las oportunidades de realizar conductas impulsivas peligrosas y de poca capacidad de juicio aumentan con la edad, debido a la mayor influencia de los compañeros y la menor supervisión de los adultos. Con el tiempo, el adolescente va aprendiendo a controlar la hiperactividad, que cada vez se hace menos manifiesta. No obstante, la impulsividad y sobre todo - las dificultades de mantener la atención y de organizarse - persisten, limitando el aprendizaje y el éxito social y profesional.
El objetivo del tratamiento farmacológico sería hacer desaparecer los síntomas a largo plazo para posibilitar el desarrollo social, intelectual y afectivo de ese niño y ayudarle a desarrollar técnicas que contrapresten sus limitaciones.
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